Honduras.- Jubilados y pensionados han vuelto a las calles, esta vez frente a las instalaciones del Instituto Nacional de Jubilaciones y Pensiones de los Empleados y Funcionarios del Poder Ejecutivo (INJUPEMP), para exigir lo que les corresponde, el pago del aumento a sus pensiones.
No reclaman lujos, sino lo esencial, vivir con dignidad después de toda una vida de servicio al país.
En las últimas semanas, este sector invisibilizado ha levantado la voz con determinación. Muchos dedicaron décadas de su vida profesional al funcionamiento de instituciones públicas, en aulas, oficinas, hospitales y calles.
Te puede interesar.- Día Mundial de las Tortugas Marinas: 16 de junio
Hoy, sus pensiones, congeladas en el tiempo, ya no alcanzan para cubrir medicamentos, alimentos o servicios básicos. La inflación no perdona, pero a los jubilados los golpea más fuerte.
Resulta incomprensible que quienes forjaron las bases del Estado ahora deban protestar para ser escuchados.
Su situación es crítica y creciente, según cifras recientes, apenas el 8% de los adultos mayores del país están cubiertos por un sistema de jubilación, mientras más del 52% no recibe ningún ingreso.
En Honduras, se considera adulto mayor a toda persona mayor de 60 años. Actualmente, más de 500,000 personas forman parte de este grupo, representando el 7.1% de la población nacional.
De ellos, el 54% vive en zonas rurales, donde el acceso a servicios y ayudas es aún más limitado. La Ley Integral de Protección al Adulto Mayor y Jubilados (Decreto 199-2006) establece el derecho a una vida digna, pero el cumplimiento de esta ley aún deja mucho que desear.
La dignidad también se jubila cuando no se honra a quienes dieron su vida al servicio público. Garantizarles un ingreso digno no es solo una responsabilidad financiera, es una deuda moral del Estado y de la sociedad.
Mientras desde los podios se prometen reformas y bienestar, los jubilados siguen esperando, en las aceras, bajo el sol y la incertidumbre, que el país les devuelva algo de lo mucho que ya entregaron.
Porque la dignidad no se mendiga, se garantiza. Y nadie que haya trabajado toda su vida merece pasar su vejez en el olvido.