Honduras.- Este hermoso pasaje de Rafael Heliodoro Valle transporta al lector a la Tegucigalpa del siglo XVI, envuelta en neblina y misterio, con su río susurrante, calles lavadas por la lluvia y noches iluminadas por faroles eléctricos que suavizan la penumbra.
El escritor evoca la nostalgia de una ciudad que parece un refugio de serenidad y romance, donde el repique de campanas y el eco de mandolinas alegran la quietud nocturna.
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La descripción de Valle da vida a una Tegucigalpa mágica, donde el río «arrastra estrellas en la noche» y el puente antiguo guarda los secretos de innumerables idilios.
En su visión, la ciudad es un nido cálido en la bruma, un lugar donde la juventud vibra como campanas divinas y donde hasta la casa más humilde, vista con el fulgor de la ilusión, se convierte en un «mágico alcázar» porque en ella habita la amada.
Este relato no solo rescata la belleza poética de la capital hondureña en sus orígenes, sino que también nos invita a imaginar esa Tegucigalpa romántica y serena que vive en la memoria de quienes la han amado a lo largo del tiempo.