Zamorano resguarda la mayor colección de insectos de Honduras: medio millón de especies que aún se están descifrando

Entrar al Laboratorio de Entomología de la Universidad Zamorano, ubicado en el valle de Yeguare, al oriente de Tegucigalpa, es recorrer los ecosistemas de Honduras a través de sus insectos.

Un viaje silencioso que no pasa por caminos ni paisajes, sino por pequeñas formas de vida que cuentan, desde el detalle más mínimo, la historia natural del país.

En ese espacio se resguarda la colección de insectos más grande de Honduras: cerca de 500 mil especímenes preservados, en su mayoría recolectados en territorio nacional; cifra que no solo habla de cantidad, sino de la enorme diversidad biológica que habita el país.

Una colección que aún se está descifrando

Aunque la colección es gigantesca, el conocimiento sobre ella apenas avanza, ya que solo el 30% de los insectos ha sido identificado, mientras el resto sigue siendo parte de un trabajo científico que toma tiempo y paciencia.

“De las 500 mil que hay, solo el 30% está identificado”, explicó la especialista Katherine Aguilar, quien detalla que identificar una sola especie puede tardar entre una y dos semanas, lo que convierte el proceso en una tarea continua.

Un archivo vivo de la biodiversidad de Honduras

Esta colección también resguarda especies que, en algunos casos, ya no se encuentran en su entorno natural.

“Es un resguardo para la diversidad de los insectos en Honduras, muchos de ellos en peligro de extinción”, señaló Aguilar, al destacar que cada espécimen también representa evidencia del pasado biológico del territorio.

El 95% del material proviene de recolecciones realizadas en Honduras, mientras que el resto corresponde a donaciones de otras instituciones científicas.

Ciencia abierta en Zamorano

El laboratorio forma parte de la Universidad Zamorano, pero no es un espacio cerrado: investigadores, escuelas y universidades pueden acceder mediante solicitud previa, lo que lo convierte en un punto de consulta científica en el país.

Dentro de sus instalaciones, los insectos no solo se conservan: también se estudian ya que científicos y estudiantes analizan larvas y moscas de interés forense, como el gusano barrenador, además de plagas agrícolas que han afectado cultivos como el frijol, y especies de importancia médica como chinches y mosquitos relacionados con el dengue.

También se estudian polinizadores, piezas clave en la cadena de vida, responsables de procesos esenciales para la producción de alimentos.

Esta ciencia aplicada conecta directamente con la vida diaria, desde la agricultura hasta la salud pública y la educación.

“La mayoría son benéficos”, enfatizó Aguilar, al recordar que los insectos cumplen funciones esenciales en los ecosistemas, aunque muchas veces solo se les asocie con daño o enfermedad.

De esta forma, en la Universidad Zamorano, los insectos no solo se observan bajo el lente de la ciencia: se clasifican, estudian y conservan, pero también obligan a replantear la mirada sobre lo que normalmente se ignora: que en lo más pequeño también se sostiene la vida.

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