Cada lunes, en una escuela rural de Pespire, Choluteca, la llegada de don Pedro se anuncia con alegría. “Ahí viene con los plátanos”, gritan los estudiantes al verlo acercarse con productos frescos cultivados en su propia parcela.
La escena resume el espíritu de una iniciativa del Programa Mundial de Alimentos (WFP/PMA) que conecta la alimentación escolar con el desarrollo de la agricultura familiar en Honduras y América Latina.
Don Pedro, agricultor de 57 años, heredó su oficio de su abuelo y hoy lo ejerce con orgullo. Gracias al apoyo del WFP, produce plátanos, maíz, yuca, nance y aguacate que abastecen a centros educativos del municipio.
Te puede interesar.- 900 sueños en marcha: Programa de Becas sigue transformando el futuro de Honduras
Para él, el mayor valor está en saber que contribuye a la nutrición de los niños con alimentos frescos, orgánicos y libres de químicos, mientras asegura ingresos estables para su familia.
El programa funciona mediante compras públicas locales: el WFP financia la siembra, compra la producción y garantiza un mercado justo para los pequeños agricultores. “Antes producíamos, pero no teníamos mercado”, recuerda Pedro. Hoy, el pago semanal les permite cubrir necesidades básicas como alimentación, salud y educación.
Esta estrategia se extiende por América Latina y el Caribe como una herramienta clave para fortalecer la seguridad alimentaria, dinamizar la economía rural e impulsar la inclusión.
Según la directora del WFP en Honduras, Stephanie Hochstetter, el programa actúa como un “comprador ancla” que genera demanda previsible, eleva estándares de calidad y crea condiciones para escalar modelos sostenibles.
Países como Guatemala, Ecuador, Brasil y Colombia ya destinan parte de sus presupuestos de alimentación escolar a la agricultura familiar, demostrando que cuando el campo y la escuela se unen, florecen oportunidades. Así, el
WFP no solo lleva comida fresca a las aulas, sino que siembra progreso, dignidad y futuro en las comunidades rurales.