Cada 15 de enero, el municipio de Cedros, Francisco Morazán, se llena de fervor, tradición y memoria al celebrar sus fiestas en honor al Cristo de Esquipulas, una de las devociones más arraigadas y veneradas de Centroamérica.
Enclavada en una superficie montañosa y quebrada, al norte del Valle de Siria, Cedros es una ciudad donde la fe camina de la mano con la historia.
Este es uno de los pueblos más antiguos de Honduras. Se dice que su iglesia fue construida en 1574, y ya en el primer recuento poblacional de 1791 figuraba como Mineral de Cedros, formando parte del Curato de Cantarranas.
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Su importancia histórica creció con el tiempo, al punto de convertirse en cabecera de distrito en 1889, junto a Orica, Santa Rosa de Guaimaca y Marale.
Cedros también fue escenario de momentos clave para la nación. En 1824, ante la rivalidad entre Tegucigalpa y Comayagua por la capitalidad del nuevo Estado, se instaló aquí el primer Congreso Constituyente de Honduras, que decretó la alternancia entre ambas ciudades.

Años más tarde, en 1849, otro congreso reunido en Cedros estableció a Tegucigalpa como capital definitiva.
La celebración del Cristo Negro de Esquipulas, conocido desde el siglo XVII como el “Milagroso Señor de Esquipulas”, une generaciones y fronteras.

Esta devoción, que convoca peregrinos de Honduras, Guatemala, El Salvador, México y comunidades migrantes en Estados Unidos, mantiene viva una fe que trasciende el tiempo.
Cedros, con su historia y espiritualidad, se convierte así en un punto de encuentro entre la tradición, la identidad y la esperanza.