Cada 1 y 2 de noviembre, los camposantos de Honduras se llenan de color, memoria y ofrendas.
Miles de familias llegan con presentes para honrar a sus seres queridos, mientras los mercados y floristerías del país reviven una de las tradiciones más arraigadas: las coronas de flores para el Día de los Difuntos.
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En los mercados de Tegucigalpa, el aire se impregna de aromas e imágenes que retratan respeto, amor y memoria por sus muertos.
En el mercado San Miguel, entre pasillos adornados con flores de papel espelmeado, la tradición persiste en el tiempo.
Desde hace más de cinco décadas, Alonzo Galo ha sido testigo de cómo los materiales cambian, pero no el sentido del homenaje.

“La gente busca algo duradero, pero la tradición de las coronas de flores de papel sigue viva, con algunas variaciones, gracias a mis compañeras floristas”, comenta orgulloso.
Se refiere a Anabel Ortega Lanza y Yolany Murillo, emprendedoras con más de veinte años de ofrecer arreglos florales para toda ocasión.
Anabel comparte a Revista Hibueras que el oficio lo heredó de su madre, Norma Lanza, y que junto a su hermana Lilian elaboran cada flor que ella vende en su local.

«Lilian Sagrario no usa moldes, solo tijeras y manos. Corta, arma, pinta y espelma cada flor; ya son años de hacerlo así”, cuenta Norma, mientras muestra el trabajo de su familia.
Las coronas artesanales, junto a las de su colega Yolany Murillo, se venden entre 250 y 300 lempiras, y cada una guarda una historia tejida entre familia, arte y fe.

Las flores de papel, antes sello de las festividades del Día de los Difuntos, hoy conviven con versiones de plástico y tela, más duraderas ante el clima y la modernidad.
Sin embargo, detrás de cada flor artesanal persiste la herencia de generaciones que encuentran en este acto de unidad y amor familiar.
Mientras existan manos que pinten, corten y sellen pétalos con espelma, la memoria florecerá cada noviembre en los cementerios de Honduras, recordando que el arte también puede ser una forma de duelo, de resistencia y de vida.