MORAZÁN UN SÍMBOLO VIVO DE IDEAS INCÓMODAS

Cada 3 de octubre, fecha en que nació Francisco Morazán, héroe y prócer centroamericano, en Honduras también se celebra el Día del Soldado, para rendir un homenaje póstumo a su faceta militar.

Sin embargo, Morazán trascendió su tiempo porque fue más que batallas y victorias militares que hoy se recuerdan con estatuas inmóviles.

Su nombre se convirtió en brújula discursiva para gobiernos, educadores y ciudadanos que buscaban un horizonte común. Su grandeza está en la capacidad que tienen sus ideas para tensionar, provocar, inspirar e incomodar.

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En un contexto de migraciones masivas, crisis climática y desafíos democráticos, el Morazán idealista nos vuelve a interpelar. ¿Qué significa la unidad centroamericana en una región marcada por fronteras cada vez más duras? ¿Qué nos dice la apuesta por la educación laica en sociedades atravesadas por fundamentalismos? ¿Qué vigencia tienen sus banderas de libertad de prensa y ciudadanía moderna?.

Más que estatua o fecha patria, Morazán y su pensamiento es una pregunta abierta en pleno Siglo XXI: ¿qué hacemos con ese legado? ¿Lo reducimos a estatua y ceremonial o lo recuperamos como motor de pensamiento y acción colectiva?

En Revista Hibueras creemos que la memoria de Morazán debe ser dinámica, crítica y plural.

No se trata de coronarlo cada 3 de octubre con discursos repetidos, sino de reencontrarlo en los desafíos presentes: la integración regional -otrora tan lejana-, la defensa de las libertades, la educación como herramienta de transformación.

Morazán sigue siendo un símbolo. Pero un símbolo vivo, incómodo, cuestionador. Un recordatorio de que la patria grande no se hereda: se construye día a día, con las ideas y la acción de los pueblos que aún creen en el poder de la unidad

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