Con apenas unos años en la escena artística nacional, Arvin Zelaya se abre paso con determinación dentro del arte figurativo, una de las corrientes más exigentes de las artes visuales.
Originario de Sabanagrande, El Obelisco, aldea La Trinidad, Zelaya ha convertido sus raíces en un sello identitario que va más allá de su obra.
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Egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes, Zelaya asume la creación artística como un acto profundamente creativo que debe sostener un discurso sólido, cargado de belleza y coherencia.
“A menudo, es complicado para quienes venimos de un pueblo o una aldea trascender en el mundo del arte y cumplir nuestros sueños; lo económico influye mucho”, confiesa.
La niñez, su entorno rural y el orgullo por su origen son constantes en su trabajo: “Aprendí que uno debe estar orgulloso del suelo que lo vio nacer, mi comunidad y mi gente son eslabones de gran valor”.



Aunque aún no ha realizado una exposición individual, Zelaya ha participado en muestras colectivas en espacios de referencia como la Galería Nacional de Arte, la Alianza Francesa y la Escuela Nacional de Bellas Artes, pero su meta es clara: Una exposición individual.
«Adueñarme de una sala de exposición, es un objetivo que alcanzaré con rigor», afirma.
Disciplina y academicismo: el arte de construir un diálogo visual
En los últimos años, Zelaya ha orientado su producción hacia el arte sacro, desarrollando obras para templos religiosos, entre ellos la Basílica de Suyapa, y atendiendo encargos en el extranjero.


Al abordar la figura humana el trabajo técnico es ineludible: “Para alcanzar el realismo, no hay otra manera que estudiar anatomía y naturaleza; hay que dibujar y dibujar”, explica.

Este gusto por lo figurativo y realista le ha permitido responder a la demanda de un mercado que aprecia obras por su alto nivel de detalle.
En Zelaya hay dedicación minuciosa, sustentada en un marcado academicismo: composición, manejo del color, la textura y el movimiento.


Refiere que la distribución de su obra es independiente: no trabaja con galerías ni corredores de arte, sino que él gestiona directamente la venta, a través de redes sociales.
“Las personas me contactan, conversamos sobre lo que buscan y les hago un presupuesto. Así logro vender mis piezas”.

A Arvin Zelaya representa a una nueva generación de artistas hondureños que, pese a las limitaciones estructurales, apuestan por el arte figurativo como un medio de preservación cultural y exploración estética.
Su próximo desafío será consolidar una exposición individual que dé cuenta de su evolución técnica y conceptual.
Fotos: Arvin Zelaya.