Ética política y espectáculo: ¿los políticos que merecemos?

La política hondureña vive atrapada en un espectáculo que cada día se parece menos a la construcción de lo público y más a un circo donde la ética es la gran ausente.

El caso del alcalde de San Pedro Sula —primero por posar con ataúdes en una estrategia de comunicación que redujo el dolor colectivo a utilería, y después por su participación fallida en un partido de fútbol de tiktokers que devino en burla popular— revela una concepción degradada de lo que significa ser servidor público.

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Pero este no es un caso aislado por buscar momentos de fama o viralidad.

En tiempos de campaña vemos a candidatos de todos los partidos cotidianizar sus vidas privadas, como si de una puesta en escena se tratara: fotos con niños, cocinando en fogones, de compras, estampas de familias felices, cuyas realidades se alejan de los grandes desafíos como país: violencia, pobreza, vulnerabilidad ambiental, entre otros.

Como advertía Giovanni Sartori, “la política es el arte de decidir quién obtiene qué, cuándo y cómo”, pero cuando ese arte se transforma en espectáculo o en insulto, la ciudadanía queda huérfana de líderes a quién admirar o seguir.

Hannah Arendt lo resumió con crudeza: la crisis de la política comienza cuando se sustituye la acción por la mera apariencia.

En Honduras, la política del espectáculo no sólo degrada a sus actores, sino que normaliza en la sociedad una tolerancia peligrosa frente a la banalización del poder.

Surge aquí la reflexión más incómoda: ¿tenemos los políticos que merecemos? Ya decía Joseph de Maistre en los albores de la Revolución francesa que “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen” y aunque la frase puede sonar lapidaria, nos obliga a mirar hacia dentro.

La clase política no surge en el vacío: es producto de una cultura social que aplaude el morbo, premia el sarcasmo y convierte en líderes a quienes más llaman la atención, no a quienes más se preparan para servir.

En esa lógica, la responsabilidad no es sólo de los políticos que se exponen como influencers, sino también de la ciudadanía que celebra y consume ese espectáculo.

Frente a esto, Honduras necesita reconfigurar sus expectativas. La política no puede ser simple entretenimiento ni espacio para rencillas personales, sino un ejercicio de responsabilidad histórica con los ciudadanos de hoy y los que, en pocas décadas, recibirán un país sin recursos naturales y altamente endeudado.

El reto es claro: dejar de reírnos con la política del espectáculo y comenzar a exigir la política de la ética. Porque en esa diferencia se juega el destino de nuestra democracia.

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