Fe, religión y política

El pasado16 de agosto de 2025, Honduras vivió una movilización inédita: una caminata por la paz y la democracia impulsada por iglesias católicas y evangélicas en diversas ciudades del país.

Convocada como un acto espiritual y de fe con vocación apartidista, no ha escapado al escrutinio político: desde el partido gobernante Libre, simpatizantes y militantes cuestionaron su carácter neutral y defensor del orden institucional.

La caminata no solo fue una manifestación de devoción; fue una puesta en escena de los dilemas hondureños. En Honduras, la Iglesia católica y la evangélica han sido actores decisivos en el debate público, especialmente en asuntos como educación sexual, enseñanza religiosa o derechos reproductivos.

Esa influencia estructural permea el alma colectiva, de manera que una convocatoria religiosa a la movilización resuena más allá del espíritu y toca lo político.

Se habla de “voluntad espiritual”, de “fe por la democracia”, pero ¿puede un acto de fe permanecer apolítico? ¿Acaso no fueron las ideas de la Teología de la Liberación determinantes en la expansión ideológica anti militarista y totalitaria en la segunda mitad del siglo pasado?

El argentino Enrique Dussel, filósofo de la liberación, plantea que la teología, lejos de ser neutra, puede ser motor de liberación ante opresión histórica.

Su formulación ética-política invita a reflexionar si movilizaciones religiosas pueden constituirse en plataformas críticas, no de poder, sino de transformación social.

Centroamérica, también aporta voces imprescindibles a este debate. Monseñor Óscar Romero, mártir de la justicia salvadoreña convertido en santo, afirmaba que “la misión de la Iglesia es identificarse con los pobres para darles voz”. Romero denunció con valentía la manipulación de la religión por el poder político y militar, recordando que la fe cristiana no es evasión, sino compromiso radical con la dignidad humana.

Mientras que Rafael Díaz Salazar, influido por Gramsci y Bourdieu, defiende la “religión pública de liberación” como puente necesario entre sociedad civil y esfera política, proponiendo una laicidad activa que permita colaboración respetuosa, no colusión.

La marcha buscó enviar un “mensaje de esperanza” en medio de una crisis institucional y polarización política. Pero, ¿sirve de consuelo o de legitimidad? Si bien niñas, niños y adultos de todas las edades marcharon con devoción, ese acto puede ofrecer cobertura simbólica a modelos autoritarios si no se acompaña de diálogo real.

Ya hemos visto en América, como una religión convertida en actor público no dejará de ser político, pero puede ser también fuerza de liberación y justicia, si abraza la esperanza consciente, la solidaridad y la democracia genuina.

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