De Tegucigalpa a Kansas, el arte de la costura como puente cultural y servicio comunitario.
Entre agujas, hilos y telas, Eda Matamoros ha tejido más que muñecas de trapo: ha creado un vínculo vivo entre la memoria, el arte latinoamericano y la solidaridad.
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Originaria del barrio Morazán en Tegucigalpa, Honduras, Eda descubrió su pasión por la costura a los 12 años, cuando aprendió a confeccionar su propia ropa.
Talento para dar alegría
Hoy, en la ciudad de Kansas, Estados Unidos, su talento no solo viste, sino que abraza a su familia y la comunidad.

Compartió para Revista Hibueras que su incursión en la confección de muñecas fue una chispa espontáneab: “Quise sorprender a mi hija Susan con un regalo especial: una muñeca inspirada en Frida Kahlo, un ícono del arte latinoamericano”.
“La Frida”, como llamó a esa primera creación, dio paso a una colección que hoy incluye peluches, bolsas, llaveros, forros de libros, promocionales deportivos, diademas y otras decoraciones.





Más que un negocio, para Eda la costura es un medio de expresión y una forma tangible de servir a su comunidad, a través de la donación de gorros y muñecas para niños sobrevivientes de cáncer.
Aunque no usa redes sociales, su trabajo se difunde gracias a Susan, quien promueve y visibiliza el arte y la generosidad de su madre.


Eda Matamoros no solo cose telas, cose historias, esperanzas y alegrías, sus muñecas de trapo llevan el sello de un espíritu generoso y creativo que, desde Honduras hasta Estados Unidos, sigue dejando huella en cada puntada.