En un mundo cada vez más acelerado y globalizado, se adoptan muchas costumbres ajenas a nuestra cultura, pero aún hay objetos que guardan la memoria de los pueblos.
Uno de ellos es el fruto seco del árbol de jícaro cuyas forma redonda no solo sirve para conservar líquidos o comida: son memoria e identidad.
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Popularmente llamado como jícaro, su nombre científico es Crescentia Cujete, originario de Centroamérica, siendo ampliamente utilizado por los pueblos mesoamericanos.
De su corteza dura se elaboran dos recipientes utilizados en la cocina indígena: el guacal para servir alimentos sólidos y el cumbo, una cantimplora natural.

El árbol es común verlo en el paisaje de la zona sur y el corazón indígena del centro-occidente hondureño.
Sus ramas bondadosas cargan hojas verdes todo el año dando una acogedora sombra en verano, estación de floración para culminar en la cosecha del «Morro».
El morro es tan útil como simbólico en toda Mesoamérica, en México se conoce como tecomate, totumo en Colombia y Venezuela y calabazo en Panamá.
De la tierra a la Mesa Catracha
En Centroamérica, habilidosos artesanos elaboran utensilios de cocina como cucharas y vasos para disfrutar agua fresca o la exquisita horchata que se prepara de la semillas de morro tostadas al comal, con maíz, canela, cacao y azúcar.
En los municipios del sur de Honduras sigue siendo popular degustar un refrescante “pozol”, servido en vaso de jícaro.

Beber en un recipiente de jícaro es un acto cargado de simbolismo e identidad nacional, es una forma de honrar nuestra huella ancestral.