Las elecciones recientes en Honduras han dejado al descubierto, una vez más, la fragilidad de un sistema electoral que debería ser el guardián de la democracia, no su principal fuente de incertidumbre.
Las fallas técnicas, la interrupción del sistema de transmisión, la retención de miles de actas y la falta de explicaciones coherentes por parte del Consejo Nacional Electoral han minado la confianza pública en un proceso que debía ser ejemplo de transparencia.
La ciudadanía acudió a las urnas con civismo, con esperanza y con la convicción de que su voto sería respetado; esa conducta ejemplar contrasta dolorosamente con la improvisación institucional, la opacidad y las contradicciones técnicas que han marcado el escrutinio.
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Los partidos políticos, desde diferentes trincheras, alzan la voz exigiendo nulidad, revisión de actas o recuento total; más allá de las banderas, lo que realmente está en juego no es la victoria de un partido u otro: es la credibilidad del sistema democrático.
Cuando un proceso electoral queda atrapado entre fallos técnicos, acusaciones cruzadas y vacíos de información, la democracia entera se tambalea.
Desde Revista Hibueras, nuestra postura es clara y no admite matices: exigimos transparencia, celeridad y amor a la patria.
Ningún interés partidario puede estar por encima del derecho sagrado del pueblo a elegir con libertad y certeza.
La patria no se sirve manipulando procesos, ocultando información o sembrando dudas sobre la voluntad popular; la patria se honra garantizando que cada voto sea contado con integridad.
Honduras merece instituciones que inspiren confianza, no sospecha.
Merece un CNE fuerte, preparado y blindado contra errores, presiones y maniobras; merece un liderazgo político que piense primero en el país y no en cálculos electorales.
Merece un sistema electoral moderno, verificable y honesto.
Este es un momento decisivo; la pregunta no es quién ganará, sino qué tan fuerte saldrá la democracia después de esta crisis; esa respuesta no la darán los partidos, sino la capacidad del país de exigir claridad y no conformarse con explicaciones flojas.
El pueblo habló en las urnas. Ahora le toca a las instituciones demostrar que están a la altura.
La voluntad soberana no se ignora, no se suspende y no se manipula: Se respeta. ¡Siempre! .