
Bajo el cielo frío de noviembre, don Manuel ajusta su canasto y observa las primeras cerezas rojas que brillan entre las hojas oscuras del cafetal.
Tras un año entero de cuidados, por fin comienza el corte, la época que convierte su esfuerzo en cosecha y su finca en epicentro de la vida familiar.
Así, Honduras entra en su tradición más antigua y silenciosa: la fiesta del café.

El país es el principal exportador de la región y uno de los mayores productores del mundo, superó los 5.5 millones de sacos de 60 kilos en la cosecha 2024-2025.
Detrás de esa cifra hay más de 120,000 familias, en su mayoría pequeños agricultores, que dependen de lo que ocurra entre noviembre y marzo.
Calles vacías, montañas llenas
En las zonas productoras, el inicio del corte rompe la rutina.
Muchas calles quedan vacías porque familias enteras se trasladan a sus fincas, perdidas en la hondura de las montañas.




Allí, en campamentos improvisados o casas sencillas, la vida cotidiana se establece durante semanas.
Al amanecer, los corteros se dispersan en las fincas; el sonido del trabajo se mezcla con conversaciones breves y la energía colectiva que surge cuando la comunidad comparte un mismo objetivo: La cosecha.
Café, cultura y economía

Las exportaciones del último ciclo rondaron los dos mil millones de dólares, reflejo del volumen y del creciente valor del café hondureño.
Los departamentos de Comayagua, Copán y Lempira concentran casi la mitad de la producción nacional, con variedades como Lempira, Catuai, Parainema, Bourbon y Typica.


Para los productores, el corte mide el esfuerzo del año: evaluar cómo respondieron los árboles, agradecer por la lluvia y renovar la esperanza.
Cuando termina la temporada y los últimos granos son recogidos, las familias regresan a sus comunidades y las montañas recuperan su silencio.
Así, cada finca queda con la promesa de empezar de nuevo: otra floración, otro ciclo de cuidados y, con el tiempo, otra fiesta del café.
Fotos | IHCAFE