Cuentan las abuelas que en Tegucigalpa, durante los años 70 y principios de los 80, el frío no daba tregua.
Esos tiempos se apaciguaban, con ricas y nutritivas bebidas calientes; un chocolate, pinol de maíz o un aromático té de sacate de limón acompañado con rosquillas.
Entre esos sabores, el ponche de piña tenía un lugar en la Mesa Catracha.
Te puede interesar.- Honduras rumbo a las elecciones: un llamado a la democracia responsable

Hoy, la tradición sigue vigente, gracias a los saberes transmitidos por las abuelas a madres e hijos.
El ponche de piña no es solo una bebida: es memoria líquida, un viaje que conecta a quienes lo prueban con los aromas y la historia familiar.
Para prepararlo se necesitan dos litros de agua, una piña lavada y partida en pedazos con cáscara, tres rajas de canela, una cucharada de clavos de olor, un pedazo de jengibre (opcional), un puñadito de arroz y rapadura para endulzar al gusto.
Todos los ingredientes se hierven, se cuelan: se sirve caliente y acompañado de un rico pan artesanal.
Más que una bebida, el ponche de piña revive recuerdos, al amén de una plática sazonada en la calidez del hogar.