Ponche de piña: tradición y calor en tiempos de frío

Cuentan las abuelas que en Tegucigalpa, durante los años 70 y principios de los 80, el frío no daba tregua.

Esos tiempos se apaciguaban, con ricas y nutritivas bebidas calientes; un chocolate, pinol de maíz o un aromático té de sacate de limón acompañado con rosquillas.

Entre esos sabores, el ponche de piña tenía un lugar en la Mesa Catracha.

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Hoy, la tradición sigue vigente, gracias a los saberes transmitidos por las abuelas a madres e hijos.

El ponche de piña no es solo una bebida: es memoria líquida, un viaje que conecta a quienes lo prueban con los aromas y la historia familiar.

Para prepararlo se necesitan dos litros de agua, una piña lavada y partida en pedazos con cáscara, tres rajas de canela, una cucharada de clavos de olor, un pedazo de jengibre (opcional), un puñadito de arroz y rapadura para endulzar al gusto.

Todos los ingredientes se hierven, se cuelan: se sirve caliente y acompañado de un rico pan artesanal.

Más que una bebida, el ponche de piña revive recuerdos, al amén de una plática sazonada en la calidez del hogar.

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