Cuando el reloj de la iglesia Inmaculada Concepción marca una nueva hora en Juticalpa, no solo suenan las campanas: también vibra la historia de una familia que por más de medio siglo ha sido el pulso de la ciudad.
Así lo muestra «El palpitar de Juticalpa» , el más reciente corto documental del fotógrafo y realizador hondureño Daniel Olivera, una pieza que ha cautivado a cientos en redes sociales por su narrativa visual y el rescate de la memoria local.
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Guardianes del tiempo
En el campanario, entre engranajes antiguos y polvo dorado por la luz del mediodía, los hermanos Juan y Alex Olivera mantienen una tradición que se niega a detenerse.



Las habilidades que hace más de medio siglo aprendieron en los libros de su hermano Tomás los convirtieron en los fieles guardianes del reloj monumental que desde 1875 marca el pulso de Juticalpa.

“El tiempo late en el corazón de Juticalpa, entre engranajes oxidados y ecos de campanas”, narra Daniel en la presentación del corto.
Estos hombres no solo arreglan un reloj; mantienen viva una historia que resiste al desgaste del tiempo.
Juan, de 70 años, aprendió de forma autodidacta el arte de reparar relojes: “Cada tornillo y cada campanada son parte de su vida”, reflexiona.

Por su parte, Alex explica que cuando su hermano no puede subir al campanario para dar cuerda o ajustar el mecanismo, él asume la tarea: “El reloj, -no espera- cada dos días reclama nuestra presencia para seguir marcando el tiempo.
Ecos de un pasado vivo
Antes de que este reloj llegara desde España en 1875 fue transportado por el río Patuca y llevado en carretas de bueyes a Juticalpa.
En aquellos años, el tiempo se calculaba con relojes de bolsillo o desde las casas de las familias más adineradas; o por la precisión del sol.
Cuenta la historia que todo cambió con la llegada de las “Campaneras” para convertirse en el cronómetro sonoro que marcó, y aún marca, el pulso de Juticalpa.

150 años después ese mismo reloj sigue funcionando gracias al empeño de los Olivera, quienes suben al campanario de la catedral de la Inmaculada Concepción, con la misma devoción con la que otros acuden a misa.

En una era en la que todo parece efímero, el corto de Daniel Olivera nos recuerda que aún existen historias que giran despacio, al compás del tiempo verdadero.
Aquí el tic-tac que marca la memoria de Honduras: https://www.facebook.com/share/1CnBAx3phc/