A los 26 años, Marcos Antonio Mejía Cuevas descubrió en la miel más que un producto: una causa y una oportunidad de negocio.
Su emprendimiento, Miel Don Diego, nació del deseo de seguir el ejemplo de sus padres y, sobre todo, de rendir tributo a su abuelo paterno, Diego Mejía, un comerciante incansable que recorrió caminos para llevar sus productos a comunidades donde no existían carreteras ni comunicación digital.
“Hace tres años pensaba que era absurdo vender miel”, recuerda Marcos en entrevista con Revista Hibueras.
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“Pero quería salir adelante, tener mi propio negocio, así que analicé qué hacer, luego conocí a los apicultores de Santa Rosa de Copán y ahí surgió la idea de distribuir miel en Ciudad Bonita, El Progreso y Yoro”.
Un nombre con historia
El nombre Don Diego no es casualidad: representa la herencia de perseverancia y trabajo honrado que su abuelo le dejó.
“Él buscaba dónde comprar y dónde vender. Llegaba hasta el cliente, aunque no hubiera caminos ni facilidades como ahora, que basta un mensaje o una venta en línea”, explica.

Hoy, Marcos sostiene su día a día con la venta de miel, mientras apoya a sus padres: Gelin Cuevas, dedicada a la venta de tortillas, y Marcos Mejía, un carpintero reconocido en la zona.
De ellos heredó la convicción de que el trabajo digno es la base de todo esfuerzo y que, como dice el refrán que lo inspira, “cada día nace el sol”.
La economía informal: un motor invisible

Historias como la de Marcos reflejan el peso de la economía informal en Honduras. Según el Banco Central, entre el 35% y el 45% del PIB proviene de actividades informales.
Detrás de esas estadísticas hay rostros de esfuerzo, creatividad y resistencia; Miel Don Diego es ejemplo de cómo la informalidad no solo genera ingresos, sino también preserva memorias familiares, fortalece identidades y apuesta por un futuro más justo.