El 29 de septiembre de 1964, Mafalda apareció por primera vez en las páginas de una revista argentina y desde entonces no ha dejado de interpelar al mundo.
Ayer, la niña de seis años que odia la sopa, ama la paz y se atreve a decir lo que muchos callan, celebró 61 años convertida en un ícono universal de humor, crítica social y ternura.
Su creador, Joaquín Salvador Lavado Tejón, conocido como Quino, nunca imaginó que aquella niña nacida para una campaña publicitaria de electrodomésticos que nunca salió a la luz terminaría recorriendo el planeta en tiras cómicas, traducciones y adaptaciones animadas.
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El nombre surgió de un personaje de la novela Dar la cara, de David Viñas, y en poco tiempo Mafalda pasó de ser un experimento comercial a un símbolo cultural.
En sus primeros años, la historieta enfrentó censura. En España, bajo el franquismo, fue catalogada como “solo para adultos”, lo que paradójicamente fortaleció su imagen contestataria.
Aun así, la niña se ganó lectores en América, Europa y Asia, y hoy existen estatuas en su honor en Buenos Aires, Oviedo y otras ciudades del mundo.
Quino decidió dejar de dibujarla en 1973 porque sentía que se repetía, pero el silencio gráfico no detuvo la voz de Mafalda.
Las reediciones, traducciones y homenajes la mantuvieron vigente, al punto de que sus reflexiones continúan dialogando con nuevas generaciones en un siglo diferente, pero con desafíos muy similares.

Quino, hijo de inmigrantes andaluces y nacido en Mendoza en 1932, dejó un legado inmenso reconocido con premios como el Príncipe de Asturias en 2014 y hasta con un asteroide bautizado en su honor.
Su talento logró que una niña de apenas seis años se convirtiera en portavoz de la conciencia colectiva de millones.

Sesenta y un años después, Mafalda sigue recordándonos que la infancia también es política, que la inocencia puede cuestionar al poder y que el humor es una herramienta para entender la realidad.
Quizá por eso su frase más célebre sigue tan vigente como en 1964: “Paren el mundo, que me quiero bajar”.