Honduras.- Ubicado a tan solo 34 kilómetros de Tegucigalpa, el pintoresco pueblo de Ojojona se distingue por su riqueza artesanal, su historia viva y su encanto colonial.
Este municipio del departamento de Francisco Morazán se ha convertido en un destino cultural imperdible, donde la creatividad de sus habitantes da vida a piezas únicas de barro, madera y cuero.
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Uno de los mayores atractivos de Ojojona es su artesanía pintada a mano, elaborada con dedicación por artesanos locales.
En cada calle del pueblo, los visitantes encuentran coloridos jarrones, figuras de mariposas, mariquitas, flores, alcancías y sapos, todos modelados en barro y decorados con esmero.
Muchos de estos artículos incluyen paisajes del mismo pueblo, haciendo de cada pieza un verdadero retrato de Ojojona.



Iris Bustillo, el arte como forma de vida
Entre los 25 pabellones del Rincón del Artesano, destaca el local número dos, donde trabaja la emprendedora Iris Bustillo con su negocio «Artesanías Bustillo». Con 22 años de experiencia, Iris no solo es artesana, sino también restauradora de imágenes y pintora. Su historia refleja esfuerzo, pasión y perseverancia.
“Comencé como trabajadora, hoy soy dueña de mi propio negocio. Nuestro día a día es levantarnos con actitud positiva y venir a trabajar. Lo que más piden los clientes son productos para jardín: jarrones, mariposas, mariquitas… y los turistas extranjeros prefieren artesanías de madera, cuero y camisas, ya que no se quiebran”, comenta con orgullo.



Para Iris, la artesanía no es solo una vocación, sino la principal fuente de ingresos del pueblo. Aunque reconoce que las ventas han bajado un poco, mantiene su fe en que con más promoción y apoyo al turismo cultural, Ojojona puede seguir creciendo.
“Lo más bonito que tiene Ojojona son sus tres iglesias coloniales, su historia, y sobre todo su gente. Aquí tratamos al cliente con respeto y una sonrisa, eso hace la diferencia”, agrega.
En los pabellones, los visitantes pueden encontrar artesanías desde 40 lempiras en adelante, accesibles para todos los gustos y bolsillos. Para los turistas extranjeros, la oferta se adapta con productos resistentes y fáciles de transportar.


Una historia de superación
La vida de Iris también es testimonio de resiliencia. Perdió a su madre a los 14 años y, aunque aprendió costura, encontró su pasión en el arte del barro.
“Empecé pintando fondos, poco a poco fui aprendiendo y perfeccionando. Este trabajo me ha dado la oportunidad de salir adelante con mis cinco hijos. Mi hija mayor, de 19 años, ya me ayuda a restaurar. La vida no es fácil, pero no hay imposibles”, afirma.


Cada día, desde las 8:00 a.m. hasta las 6:00 p.m., Iris y otros artesanos trabajan con amor, manteniendo viva la identidad cultural de Ojojona y ofreciendo a cada visitante no solo un recuerdo, sino un pedacito del alma de su pueblo.


