Tegucigalpa comienza a llenarse de color, fe y tradición con la llegada de los ramos de olivo y palma de coyol, símbolo característico del Domingo de Ramos y antesala a la Semana Santa.
A medida que se acercan los días santos, el centro histórico de la capital se impregna del inconfundible aroma de palma recién cortada, anunciando una de las manifestaciones religiosas más sentidas por los hondureños.
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Desde la tarde del jueves previo al Domingo de Ramos, vendedores provenientes de municipios del sur de Francisco Morazán como Curarén, Alubarén, San Miguelito y Reitoca, comienzan a llegar a Tegucigalpa cargando con esmero los ramos que ofrecen a los feligreses en los atrios de los principales templos de la ciudad: la Catedral San Miguel Arcángel, La Merced, Inmaculada Concepción, Guadalupe, entre otros.
Estas ramas son bendecidas durante la solemne misa dominical, marcando el inicio de la Semana Mayor.
Su significado trasciende lo decorativo: son una representación viva del pasaje bíblico que recuerda la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, como lo relatan los Evangelios de San Mateo (21:1-11), San Marcos (11:1-11), San Lucas (19:28-44) y San Juan (12:12-19).
Según las escrituras, Jesús descendió del Monte de los Olivos montado en un burrito mientras las multitudes lo aclamaban, extendiendo sus mantos sobre el camino y agitando ramas de palma en señal de bienvenida y adoración.



Este evento es revivido cada año mediante una procesión que recorre las principales calles del centro de la capital, muchas veces con una imagen de Jesús montado en la burrita o representado a través de cuadros vivos.
Para muchos capitalinos, adquirir un ramo de olivo es una tradición sagrada: no solo para colocarlo en sus hogares como símbolo de protección y bendición, sino también como parte de una vivencia espiritual compartida con miles de fieles que se reúnen en los templos para dar inicio a la Semana Santa con devoción, alegría y esperanza.
La ciudad, en esta época, no solo se viste de verde: se reviste de fe.

